Goretti Irisarri Vázquez

Siempre nos habíamos temido que la fotografía era la muerte. Te disparaba la cámara y te robaba ese algo móvil, cambiante, que eras tú, para prensarte en un cristal como a un insecto, como a esas mariposas enmarcadas. Y luego tu imagen permanecía en el marco sobreviviéndote, cuando tú ya llevabas años muerto, llevabas tiempo pudriéndote allá adentro en la tumba; te pudriste hasta que no quedó nada de aquel cuerpo contra el que un día chocó la luz. Y mientras, en la pared, ese dichoso marco alrededor de un día tan tonto, que estabas comiéndote un helado. Capturado como un lepidóptero azul. Capturado en sales de plata como Han Solo en su marco de carbonita.

Y el fotógrafo también lo había sabido siempre. De ahí que disparase casi en un temblor, tan tenso al apuntar, convencido de ser un francotirador apostado en la azotea.

Ya no hay plata, pero la fotografía sigue siendo la muerte. Desde el momento en que el fotógrafo dispara nos convertimos en fantasmas. En fantasmas del futuro, en los fantasmas que irremediablemente acabaremos siendo.