Blanca Andrés

ÉRASE UNA VEZ UN LUGAR MÁGICO

Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, un lugar mágico dónde los buenos días del ascensor tenían nombre de amigo.

Donde los pasillos sonaban a risas de niño y las cuerdas del patio cruzaban el cielo llenas de coplas.

Donde las puertas de las casas, en las noches de verano, olían a fresco y a historias de otros tiempos.

Donde los teléfonos para conferencia eran compartidos y se pedían hojitas de laurel y cebollas para el sofrito.

Un lugar que aguantó el miedo de las bombas y el dolor del estómago vacío sin hundirse.

Que colgó fotos de novios en sus alcobas, tejió patucos de lana y tiñó camisas de negro.

Que vio crecer a abogados, banqueros, azafatas de vuelo, policías y hasta masajistas.

Que estudió con Erasmus italianos, bailó merengue caribeño y cocinó curry asiático entre sedas de shari.

Donde llamar a la puerta significaba una mano tendida para ayudar, una sonrisa para celebrar y un hombro para llorar.

Todo eso era su magia. La que solo tienen esos lugares donde a las personas las llamamos vecinos y, a las casas, hogares.

Blanca Andrés Gómez